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La Victoria es Nuestra
Por Billy Graham
Nuestro mayor enemigo es la muerte. La muerte implica cierto temor. La
Biblia dice que "el aguijón de la muerte es el pecado," y desde el día
en que la primera pareja puso a su hijo en una tumba, la gente ha temido
a la muerte. Es el gran monstruo misterioso cuyos largos dedos helados
hacen que muchos se estremezcan aterrorizados.
El testimonio unánime de la historia es que la muerte es inevitable. Las
generaciones van y vienen, y cada generación ha puesto sus muertos en la
tumba.
La Biblia siempre relaciona la muerte con el pecado. La Biblia dice que
"como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la
muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos
pecaron."
Estamos procurando mejorar la vida mediante fórmulas químicas en los
laboratorios científicos de todo el mundo. Pero hasta que la ciencia no
pueda encontrar una solución para el problema de la muerte. Aun si los
científicos descubrieran un secreto que prolongara la vida terrenal, al
mismo tiempo sólo tendrían éxito en extender nuestro tiempo de tristeza
y aflicción.
Cientos de filósofos de todas las épocas han procurado escudriñar más
allá del velo de la muerte. Sus especulaciones llenan volúmenes con
respecto a las posibilidades de vida más allá de la tumba.
La muerte ronda entre los ricos y los pobres, los instruidos y los
ignorantes. La muerte no hace distinción de raza, color ni credo. Sus
sombras nos acechan día y noche. Nunca sabemos cuándo llegará el momento
temido.
Procuramos disimular el desastre sacando un seguro de vida, y hemos
inventado otros mecanismos para haber más cómodos nuestros últimos días;
pero siempre está presente la dura realidad de la muerte.
Muchos se preguntan: ¿Hay alguna esperanza? ¿Hay alguna puerta de
escape? ¿Hay una posibilidad de la inmortalidad?
No voy a llevarlo a usted a un laboratorio científico, ni al aula de un
filósofo ni a la oficina de un psicólogo. En su lugar, voy a llevarlo a
la tumba vacía de José de Arimatéa.
María, María Magdalena y Salomé habían ido a la tumba para ungir el
cuerpo del Cristo crucificado. Ellas se habían sorprendido al ver la
tumba vacía. Un ángel se puso a un lado del sepulcro y les dijo:
"Buscáis a Jesús nazareno." Luego añadió: "Ha resucitado, no está aquí."
Esa fue la mayor noticia que el mundo haya oído jamás. ¡Jesucristo
había resucitado de los muertos, como lo había prometido!
La resurrección de Jesucristo es la verdad primordial de la fe
cristiana. Ella descansa en la raíz misma del evangelio. Sin una fe en
la resurrección no puede haber salvación personal. La Biblia dice: "Si
confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón
que Dios le levantó de los muertos, serás salvo." Tenemos que creer
esto, o nunca podremos ser salvos.
Para muchas personas la resurrección ha llegado a ser poco más que un
consolador símbolo de la inmortalidad del alma. Pero la resurrección
abarca mucho más que la perpetuidad de la vida. Creer en la inmortalidad
por sí misma pudiera ser algo trágico y horrible. La Biblia enseña que
esa creencia debe ir acompañada de una segura convicción de que Dios
garantiza una existencia eterna en su presencia gloriosa, a través de un
conocimiento personal de su Hijo.
Comenzamos con el hecho de que al tercer día Jesucristo había resucitado
de los muertos, salió de la tumba y apareció a los desanimados y
asombrados discípulos que habían perdido toda esperanza de volver a
verlo. Sin nuestra aceptación de la realidad de la resurrección, esa
celebración no es más que una ilusión. Como escribió el apóstol Pablo
hace ya mucho tiempo: "Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra
predicación, vana es también nuestra fe.”
Cuando se contempla la resurrección de Cristo como un hecho histórico,
el Domingo de Resurrección se convierte en el día de días y se debe
reconocer y celebrar como la mayor victoria de todos los tiempos.
La resurrección fue, en un sentido, una victoria suprema para la raza
humana. Fue una victoria sobre la muerte: "Mas ahora Cristo ha
resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho." Su
resurrección de los muertos es la garantía que también para nosotros la
tumba ha sido abierta y que seremos también resucitados: "Porque así
como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados."
La resurrección fue también una victoria sobre el pecado: "La paga del
pecado es muerte." El pecado de Adán en el huerto del Edén tuvo como
resultado la culpa, la condenación y la separación de la presencia de
Dios. Sin embargo, allí también se dio la gloriosa promesa de que
aparecería la simiente de la mujer, y que Dios pondría enemistad entre
su simiente (Cristo) y la serpiente (Satanás).
En el conflicto resultante, la simiente de la mujer sería herida en el
calcañar, pero a cambio heriría la cabeza de la serpiente, infligiéndole
una herida mortal. Esto fue realizado y manifestado abiertamente en la
resurrección de Cristo.
La resurrección también no da victoria sobre las dudas. Parece que hay
miles de cristianos esclavos de las dudas. No quiero decir que tales
persona dudan de la existencia de Dios o de las verdades de la Biblia.
Podemos aceptar todo eso mientras seguimos dudando en nuestra relación
personal con el Dios en quien profesamos creer. Algunas personas tienen
dudas en cuanto al perdón de sus pecados, otras dudan de su esperanza de
ir al cielo, y aun otras desconfían de su propia experiencia interior.
Durante su ministerio terrenal Jesús hizo una serie de asombrosas
afirmaciones y promesas a sus seguidores, que deben de haberles parecido
increíbles mientras El estaba en la tumba. Jesús le había dicho: "Yo he
venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia." Y El
le declaró a Marta: "Yo soy la resurrección y la vida ... todo aquel que
vive y cree en mí, no morirá eternamente." Pero ahora el que había hecho
esas promesas estaba muerto, y la tumba estaba cerrada sobre aquel que
había prometido vida eterna a todos los que creyeran en El. Si El no
hubiera resucitado, tendríamos suficientes motivos para dudar de la
validez de sus promesas.
Pero cuando salió de la tumba, todas sus promesas y sus palabras
salieron con El y hoy viven con gloriosa vitalidad, poder y autoridad.
La resurrección es también la garantía de la victoria sobre nuestros
temores. Los temores son estrechos aliados de las dudas. El presidente
de la facultad de historia de una de nuestras grandes universidades una
vez me expresó esta opinión: "Nos hemos convertido en una nación de
cobardes." No acepté su declaración, pero él arguyó que muchas personas
se han mostrado renuentes a seguir in curso so no se trata de algo
popular. Incluso si estamos convencidos de que algo es correcto,
procuramos no comprometernos porque tenemos temor. Si nos favorecen las
probabilidades, nos ponemos de su parte; pero si implica algún riesgo el
defender lo que es correcto, procuramos ponernos a salvo.
Usted que teme a la muerte, a perder la salud o a perder los amigos,
examine las palabras de Pablo: "Porque no nos ha dado Dios espíritu de
cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio." Dios nos ha dado
una esperanza viva mediante la resurrección de Jesucristo de los
muertos. Este y otros pasajes similares señalan el hecho de que ningún
cristiano tiene razón alguna ante los ojos de la voluntad de Dios: "Si
Dios es por nosotros, ¿quien contra nosotros?"
El poder del Espíritu Santo levantó el cuerpo de Cristo de entre los
muertos. Ese mismo Espíritu Santo, ahora obrando en nosotros, puede
liberarnos de los poderes de la ansiedad y del temor, y hacer que nos
regocijemos en la esperanza segura y gloriosa que El ha preparado para
nosotros.
La resurrección garantiza la victoria en nuestra vida diaria. La
victoria que Cristo ganó para nosotros cuando resucitó de la tumba puede
verse en nuestra vida cada día. Puede ser manifestado en nosotros y por
medio de nosotros en todo lugar y en toda circunstancia su poder
resucitador para la gloria de Dios.
Podemos estar conscientes cada día de su victorioso poder obrando en
nosotros, por nosotros y por medio de de nosotros para su gloria.
Podemos exclamar como el apóstol Pablo: "Mas gracias sean dadas a Dios,
que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo."
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