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Los Hijos No Esperan
por
Helen M. Young
Hay un tiempo de maravillarse de los caminos de Dios, sabiendo que éste
es el destino para el cual fui preparada.
Un tiempo para soñar lo que será este niño cuando crezca, un tiempo para
pedirle a Dios que me enseñe a criar al hijo que llevo en mis entrañas.
Un tiempo para preparar mi alma para alimentar al suya pues muy pronto
llega el día en que nacerá.
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para alimentarlo durante la noche, para cólicos y
biberones.
Hay un tiempo para mecerlos y un tiempo para pasearlo por la habitación.
Un tiempo para ejercer la paciencia y la abnegación, un tiempo para
mostrarle que su nuevo mundo es un mundo de amor, de bondad y de
dependencia.
Hay un tiempo para maravillarme de lo que él es, ni mascota, ni juguete,
sino una persona, un individuo, un ser creado a la imagen de Dios.
Hay un tiempo para reflexionar acerca de mi mayordomía. Para saber que
no puedo poseerlo. Que no es mío. Que he sido elegida para cuidar de él,
para amarlo, disfrutar de él, edificarlo y responder ante Dios por él.
He resuelto hacer lo máximo a mi alcance, porque los hijos no esperan.
Hay tiempo para tenerlo entre mis brazos y contarle la historia más
hermosa que jamás haya oído. Un tiempo para mostrarle a Dios en la
tierra, en el cielo y en la flor, y enseñarle a maravillarse y sentir
asombro.
Hay un tiempo para dejar a un lado los platos sucios y llevarlo al
parque a columpiarse.
De correr con él una carrera, hacerle un dibujo, atrapar una mariposa y
darle compañerismo lleno de alegría.
Hay un tiempo para enseñarle el camino y enseñarle a orar con sus labios
de niño, enseñarle a amar la Palabra de Dios, y el día de Dios, porque
los hijos no esperan.
Hay un tiempo para cantar en vez de renegar, sonreír en vez de fruncir
el ceño. De sacar lagrimas y reírse de los platos rotos.
Un tiempo para compartir con él mis mejores actitudes, mi amor por la
vida, mi amor por Dios, mi amor por los míos.
Hay un tiempo para contestar a sus preguntas, a todas sus preguntas,
porque quizás vendrá el momento en que no querrá escuchar mis
respuestas.
Hay un tiempo para enseñarle muy pacientemente a obedecer, a poner en su
lugar los juguetes.
Hay un tiempo para mostrarle lo hermoso del deber cumplido, de adquirir
al hábito releer la Biblia, de gozarse en la comunión y adoración en
medio de los suyos. De conocer la paz que viene por la oración.
Porque los hijos no esperan.
Hay tiempo para verlo partir valientemente a la escuela, y extrañar su
manera de estar siempre alrededor mío. De saber que hay otros que atraen
su interés, pero de saber que estaré allí para responder a su llamado
cuando vuelva de la escuela. De escuchar con interés sus descripciones
de lo acontecido en ese día.
Hay un tiempo para enseñarle a ser independiente, a tener
responsabilidad, autodisciplina, de ser firme pero afectuosa, de saber
disciplinarlo con amor. Porque pronto llegará el momento de dejarlo
partir y de soltar los lazos que lo sujetan a mi falda. Porque los hijos
no esperan.
Hay un tiempo para atesorar cada instante fugaz de su niñez, solo
dieciocho preciosos años para inspirarlo y prepararlo. No voy a cambiar
este derecho natural por ese “plato de lentejas” llamado posición
social, o reputación profesional, o por un cheque de sueldo. Una hora de
dedicación hoy podrá salvar años de dolor mañana.
La casa puede esperar, los platos pueden esperar, la pieza nueva puede
esperar, pero los hijos no esperan.
Llegara el momento en que ya no habrá más puertas que golpean, ni
juguetes en la escalera, ni peleas entre ellos, ni marcas en las
paredes.
Entonces podré mirar atrás con gozo y no con pesar. Será el tiempo de
concentrarme en un servicio fuera mi hogar. De visitar a los enfermos, a
los que han perdido a sus seres queridos, a los desanimados, a los que
no tienen instrucción. Para entonces dar mis servicios a “los más
pequeñitos” habrá un tiempo para mirar atrás y saber que estos años de
ser madre no se desperdiciaron.
Pido a Dios que llegue el momento en que pueda ver a mi hijo hecho un
hombre íntegro y recto, amando a Dios y sirviendo a los demás.
Dios mío, dame la sabiduría para saber que hoy es el día de mis hijos.
No existen los momentos de poca importancia en sus vidas. Que sepa
comprender que no hay carrera mejor, ni trabajo más remunerador, ni
tarea más urgente.
Que yo no postergue ni descuide esta labor, que pueda aceptarla con
gozo, y que con la ayuda del Espíritu, y por tu gracia me de cuenta que
el tiempo es breve, y que mi tiempo es hoy, porque los hijos no esperan.
Por Helen M. Young |