Moisés llegó al borde de Canaán, luego de atravesar el desierto con los
israelitas. Desde Cades-Barnea, envió doce espías para observar la tierra de
Canaán durante cuarenta días.
Cuando los espías regresaron de reconocer la tierra, diez hablaron mal,
todos excepto Caleb y Josué. En Números 13:30-33 dice: "Entonces Caleb hizo
callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos
posesión de ella; porque más podremos nosotros que ella. Mas los varones que
subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es
más fuerte que nosotros.
Y
hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido
diciendo: es tierra que traga a sus moradores: y todo el pueblo que vimos en
medio de ella son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes,
hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer,
como langostas; y así les parecíamos a ellos".
Lo
más impactante de sus comentarios fue que a ellos mismos "les parecía" que
eran como langostas ante el pueblo de Canaán. El pueblo que se veía a sí
mismo como langostas no podía conquistar la tierra de Canaán en la que
habitaban gigantes. Dios no podía usar a estas personas para conquistar la
tierra que ellos habían reconocido, como tampoco bendecirlos.